Archive for the ‘historia de la licenciatura’ Category

El currículo de T&I

Viernes, Diciembre 14th, 2007

Antes de comenzar a tratar el tema de este artículo, que se centra fundamentalmente en el repertorio curricular de T&I, sería conveniente hacer un pequeño repaso a la historia de la Traducción y de la Interpretación como titulaciones universitarias en Europa y en España*.

La traducción y la interpretación son dos profesiones que han existido desde tiempos muy remotos. Sin embargo, no es hasta los Juicios de Núremberg, tras la II Guerra Mundial, cuando podamos comenzar a hablar de ellas como verdaderas disciplinas y ocupaciones.
A partir de entonces, se empiezan a levantar en Europa algunas de las escuelas más importantes e influyentes de T&I como las de Ginebra, Bruselas o Moscú.
En España, como consecuencia de la política de aislamiento franquista, caracterizada por una enseñanza de lenguas muy limitada, no es hasta los años 80 cuando se crean las primeras escuelas de T&I conocidas como EUTI(s) (Escuelas Universitarias de Traducción e Interpretación) en Barcelona, Granada y las Palmas de Gran Canaria, en las que la titulación se imparte con la categoría de una diplomatura.
El 30 de agosto de 1991, a través del Real Decreto 1385/1991, se establece el título universitario oficial en Licenciado en Traducción e Interpretación. Es en este momento cuando, a nivel nacional, se empieza a configurar el repertorio curricular de nuestra titulación. Se determinan, por tanto, las asignaturas troncales, además de algunas especificaciones y recomendaciones que orientan la creación de los planes de estudios de cada Universidad.
No nos extenderemos mucho en explicar los tipos de materias que existen, pues esto es algo que todos ya conocemos. Sabemos de sobra qué son las asignaturas troncales, las obligatorias, las optativas y las asignaturas de libre configuración. Al ser las materias troncales las mismas para todo el territorio español, las diferencias entre facultades vienen marcadas por su elección de materias obligatorias y optativas.
Así, encontraremos facultades que ofrecen una formación más amplia y completa en traducción literaria y otras en traducciones especializadas como la jurada o la científico-técnica. Depende un poco de a qué y a quién hayan echado mano, si a filólogos o traductores, en el momento en que se levantó la titulación. Es precisamente con estas asignaturas con las que nos comenzamos a especializar y con las que las Universidades tienen la oportunidad de satisfacer las peticiones de un mercado de trabajo cada vez más exigente y específico. Sin embargo, esto no siempre es así, pues por ejemplo, como se ha dicho anteriormente, a veces se piensa más en el dinero que va a suponer contratar profesores especializados en las materias que coger a los que ya se tienen (filólogos en su mayoría), sin pensar que, a pesar de la competencia lingüística y cultural que estos profesores puedan tener y por supuesto transmitir a sus alumnos, nunca podrán dar ni una visión ni una formación igual de específica y completa que la daría alguien que sabe lo que es el día a día de un traductor.

Esto, que a muchos puede parecer una tontería no lo es en absoluto; es un factor esencial a la hora de elegir Universidad. Tener en cuenta las demandas del mercado en traducción e interpretación al rellenar las casillas de la solicitud de preinscripción es algo que nos puede ahorrar más de un disgusto y un quebradero de cabeza al terminar la carrera. Y es que en esto hay que buscar siempre un equilibrio entre las apetencias y las circunstancias personales, la oferta de las Universidades y las salidas profesionales y entre estas últimas, la traducción literaria, es la que menos demanda tiene y la peor remunerada.
Así que aquellos que tengáis en mente estudiar T&I no miréis sólo la nota, pensad también en la calidad de la formación que vais a recibir. Los que ya habéis elegido y no estáis muy contentos con el quehacer diario de vuestra facultad siempre os queda la posibilidad de pedir becas como la Séneca, la Erasmus o solicitar un cambio de expediente?.
Por otra parte, un aspecto muy característico de nuestro plan de estudios general es la gran abundancia de asignaturas procedentes de las filologías que pudiéndose adaptar al ejercicio del traductor se imparten sin tener este último en cuenta. Así, a veces conocemos más la historia y el trabajo de lingüistas que de traductólogos; conocemos más a Saussure que a Newmark. Y por supuesto conocemos más la teoría que la práctica de la traducción o la interpretación, algo que sorprende y mucho en una carrera que es eminentemente práctica.
Además, a esto hay que añadir el hecho de que determinadas partes de los temarios de las asignaturas se repiten constantemente en casi todos los cursos. Parece que no existe una coordinación entre profesores y departamentos para ponerse de acuerdo en el temario de sus clases. De esta forma, cuando acabamos la carrera, a lo mejor no sabemos cómo traducir un contrato matrimonial, pero seguro que sabemos recitar de memoria las definiciones de “lengua” del señor Ferdinand de Saussure y por supuesto el concepto de “traducción” de García Yebra.

En definitiva, a simple vista haría falta más práctica y menos teoría; más coordinación entre departamentos y áreas de conocimiento y por supuesto más integridad en nuestra formación. Aunque parece que de momento tendremos que dejar a los títulos de postgrado y a la experiencia laboral la tarea de acabar de formarnos y pulirnos en nuestra profesión.

Un saludo

Inmaculada

*Para más información os recomiendo este artículo que Elisa Calvo escribió hace unos meses para traduBlog.

¿De donde viene y adonde va la licenciatura de T&I? (II)

Viernes, Marzo 30th, 2007

Bueno, este post es continuación del primero que se publicó hace un par de semanas, en el que hacemos un repaso general de la evolución de la carrera, desde sus inicios, hasta el proceso de Bolonia, con todo lo que podrá implicar en el futuro.

Para refrescaros la memoria, en el último post nos quedamos en que a principios de los 90 se aprueba por fin el plan de estudios de la carrera y la carrera se consolida. En la década de los 90, nuestra carrera, que prácticamente era desconocida (aún hoy nos confunden con “¡ah! esos estudios para ser actriz, ¿no?), empezó a experimentar un auge en la demanda de acceso. ¿Qué significa esto? Pues que muchos estudiantes se decidían por TeI al terminar la secundaria, con el resultado de que mucha gente no podía acceder, ya que no había, ni hay aún hoy, plazas para todos los que se sienten llamados por esta carrera.

Así, en el plazo de 15 años, se pasó de menos de 10 facultades públicas y privadas a un total de 25 que tenemos en la actualidad (¡¡unos 1500 licenciados por año!! y la cifra sigue creciendo). La evolución es probablemente la más intensa entre todas las carreras. Lo que antes era una carrera minoritaria, ahora ya no es tal. No obstante, el acceso a los estudios sigue siendo restringido, como sabemos, porque en algunos centros se lleva a cabo una criba por nivel de lengua, mientras que en otros, se entra por nota de corte de secundaria. Actualmente, la carrera de TeI, debido al sistema de numerus clausus (oferta vs. demanda), da los máximos de corte casi todos los años en alguna universidad, con un perfil de estudiantado de alto rendimiento, que accede a la carrera con notas de no menos de 8. (¿Cuánta gente se puede estar quedando fuera?!)

Uno de los motivos por los que la carrera tiene tanta demanda, es por que la gente se la imagina como una formación aplicada a las necesidades de la sociedad y del mercado de trabajo, es decir, porque tiene un enfoque práctico, porque nos enseña un oficio real y fácilmente identificable: el de traductor y/o intérprete. La gente se siente atraída por TeI frente a la opción de las filologías porque asocian las filologías con la única salida profesional de la docencia y con contenidos más teóricos o abstractos (no quiere decir que esto sea realmente así, pero en una encuesta realizada en 2005, vimos que eso es una creencia asentada). La carrera de TeI les parece más “moderna”, por ponerlo de algún modo. Lo cierto es que, clichés aparte, la formación sí proporciona al licenciado una serie de capacidades que facilitarán su inserción laboral. La carrera tiene unos índices de inserción más que alentadores, ya que se encuentra entre las que tienen una mayor proporción de licenciados empleados poco tiempo después de terminar los estudios (esto se desprende de diversos estudios de seguimiento de licenciados, de varias universidades). Ahora bien: no todo el mundo conseguirá ser traductor y/o intérprete, porque la proliferación de centros de TeI ha dado lugar a un proceso de saturación en el mercado. Es decir: la carrera responde a la demanda de acceso, pero parece que no tanto a la demanda de especialistas que hace el mercado. Así funciona la universidad española, en otras carreras también: periodismo es un clarísimo ejemplo de esta falta de previsión. Esta lectura negativa, no lo es tanto en nuestro caso, si tenemos en cuenta que los principales elementos de la formación que recibimos (idiomas, tecnología-informática, movilidad, autonomía de trabajo y trabajo en equipo por igual, capacidad de familiarizarse con nuevos temas de forma rápida “documentación, procesamiento de información- (capacidad de aprender rápido), etc.) coincide casi punto por punto con lo que las empresas buscan. Es decir, con una perspectiva flexible del futuro profesional, los estudiantes sí siguen teniendo buenas bazas de encontrar buenos empleos en los que poner en práctica sus capacidades (comercio exterior, relaciones internacionales, etc., además de traducción/interpretación, localización, docencia, etc.).

En fin, volviendo al plano histórico-analítico, esta época de consolidación (90™s) y, en cierto modo, “auge” de los estudios de TeI, coincide en el tiempo con lo que se ha venido a llamar la crisis de las filologías. Esta supuesta crisis tiene que ver con la idea de “rentabilidad” aplicada al sistema universitario. Resulta que para los administradores de la educación, si la carrera no se masifica, no es rentable. A mi esta idea me espanta bastante. Por eso proliferan ahora las facultades en TeI, porque la gente las solicita, pero no necesariamente porque lo requiera la sociedad. De hecho, mucha gente las solicita para manejar los idiomas de forma práctica, en el mundo de la empresa, pero no necesariamente para ser traductor o intérprete. Creo que el problema no es si las filologías deben o no deben subsistir, sino que probablemente sea necesaria una diversificación de la oferta de carreras en las que los idiomas juegan un papel importante. Personalmente, echo de menos, y creo que el mercado también, que hubiera títulos del estilo de Lenguas Aplicadas o Comercio Exterior (empresariales con enfoque de internacionalización de la empresa + idiomas). Y me parece ridículo plantearse la desaparición de las filologías, porque no se debe olvidar que si desaparecen, solo quedaríamos tres tipos de profesional con lenguas: traductores/intérpretes, maestros de inglés o francés para primaria y diplomados en turismo. De ser así, nos quedaríamos sin especialistas en la docencia de lenguas universitaria y sin prácticamente ningún especialista en otras lenguas que no fueran inglés y francés (alemán, italiano, ruso, árabe!!, chino!!, etc¦). Bueno, es probable que haya que modernizar o reenfocar o mejorar las filologías, pero no creo que la solución sea eliminarlas, porque no tengan tanta demanda de estudiantes.

En el próximo post me gustaría seguir tratando otros aspectos sobre la situación actual de la carrera y recibir comentarios vuestros sobre aspectos generales positivos y negativos que detectéis (no específicos de un centro, sino de los estudios en general). Una vez cerremos este capítulo, pasaremos a analizar entre todos qué pasará con los estudios en el proceso de Bolonia.

¡Saludos!

Elisa Calvo

¿De donde viene y adonde va la licenciatura de T&I?

Viernes, Marzo 16th, 2007

Siendo este un primer post, lo suyo es comenzar repasando los orígenes de la carrera, para que aquell@s que estés interesad@s, podáis saber quiénes somos y de dónde venimos.

La traducción, como apunta Kelly (2000), es el segundo oficio más antiguo del mundo (no os será difícil recordar cuál suele identificarse como el primero). Pero su entrada en la Universidad española, por la puerta pequeña, no tuvo lugar hasta los años 70 del siglo pasado. Fue en 1973 cuando la UAB abrió la primera Escuela Universitaria de Traductores e Intérpretes, que ofrecía una diplomatura de tres años. Esta titulación es el germen de la actual licenciatura. Justo un año después, en 1974, se creó el Instituto de Traductores en la Universidad Complutense de Madrid, que ofrecía también estudios, aunque con una fuerte orientación filológica, y en el nivel del postgrado (es decir, tipo máster). En la misma década, la UGR ofrece la diplomatura (1979) integrando por primera vez la interpretación y, ya casi diez años más tarde, la Universidad de Las Palmas (1988) hace lo propio. (Me documento en distintas fuentes para contaros todo esto (Kelly, Mayoral, Mata Pastor, etc.) porque yo aún no había nacido o andaba en pañales). En esta fase de la historia de nuestra carrera, los estudios de TeI eran bastante diferentes de los que seguimos ahora:

Profesorado: compuesto por expertos de filología, con mucha experiencia y/o interés en el mundo de la traducción, pero aún sin formación específica en TeI (ya que no existía), y/o por profesorado formado en escuelas específicas de TeI en el extranjero. Se puede decir que este profesorado se distinguió desde el principio por: defender la independencia de nuestros estudios de otras áreas más tradicionales como la filología o las humanidades; desarrollar trabajos que ayudaron a consolidar nuestra área; estudiar, hacer suyas y desarrollar las corrientes de pensamiento, investigación y docencia existentes en Traducción e Interpretación y, así, conseguir posicionar y consolidar los estudios. Tenían fuerte influencia de otros centros de TeI en el extranjero y aportaron nuevas ideas y sus ganas de trabajar mucho. Muchos de los que empezaron entonces constituyen actualmente el cuerpo de expertos en TeI que hay en nuestro país y, como contaremos en otros posts, no lo tuvieron del todo fácil.

Contenidos: en los inicios, aún fuertemente influidos por las filologías, centraban las clases de traducción en estilística comparada y gramática contrastiva, ejercicios que hoy en día prácticamente han desaparecido de la práctica en clase en casi todos los centros. Las prácticas de traducción estaban aún muy ligadas a lo que se denomina “traducción pedagógica”, es decir, la que se realiza con el fin de profundizar en el conocimiento de la lengua, pero no para aprender a traducir como se hace en una situación de trabajo real. La optatividad y libre configuración se realizaba en su mayor parte en las facultades de filología o afines y la carrera no era tan multidisciplinar. La poca duración de los estudios no permitía concentrarse en dos lenguas extranjeras, sino más bien en solo una, etc.

Los diplomados: no podían acceder a Organismos Internacionales porque su título no era equiparable a los de cuatro o cinco años existentes en el resto de Europa.

Los alumnos: la carrera era muy minoritaria, siempre se accedía por examen de entrada, basado en pruebas de nivel, como aún se hace en algunas facultades. Buena parte del estudiantado tenía un perfil que podemos considerar “bilingüe” (con familias de dos nacionalidades, o hijos de inmigrantes que había pasado buena parte de su vida en otros países), había más estudiantes de más edad (no recién salidos de secundaria, como suele suceder ahora) y la carrera distaba mucho de estar tan extendida y de tener el grado de acceso que tiene hoy en día. En aquella época, las notas de acceso no tenían tanta importancia, sino más bien el nivel de lengua.

En 1991 se aprobó la conversión de la Diplomatura a la Licenciatura, gracias al enorme trabajo de los pioneros de la carrera y también a varios factores circunstanciales: la entrada de España en la UE hacía creer que se necesitarían más traductores e intérpretes y el reconocimiento (de buena o mala gana) por parte de las autoridades de la necesidad de diversificar los títulos que incluyeran las lenguas, introduciendo una perspectiva más moderna y aplicada a la práctica profesional.

Así, con la aprobación del primer plan de estudios de la Licenciatura, se consiguió que la carrera pudiera tener por fin independencia de otras áreas, con la creación y consolidación en las primeras universidades de los departamentos de Traducción, y se dio paso a la adolescencia de nuestros estudios, que, si os interesa, comentaremos en el próximo post.

Un saludo

Elisa Calvo

Para más info:

Kelly, D. [ed] (2000) La traducción y la interpretación en España hoy: perspectivas profesionales, Granada: Comares.

Mayoral Asensio, R., “Aspectos curriculares de la enseñanza de la traducción e interpretación en España,” Aproximaciones a la traducción, 2000. En:

http://cvc.cervantes.es/obref/aproximaciones/mayoral.htm

Mata Pastor, M. La formación de traductores en España: cuando no hay pan. La linterna del traductor. vol. 2 (2002), pp. 19-27. http://traduccion.rediris.es/linterna2.pdf