Archive for the ‘enseñanza de idiomas’ Category

Sobre recursos y otros asuntos

Martes, Mayo 8th, 2007

Volviendo a mi tema habitual, la enseñanza de las lenguas extranjeras en T&I, he creído que sería interesante reflexionar, aunque solo sea brevemente, sobre los recursos necesarios y la inversión de tiempo, esfuerzo y dinero que supone la formación de traductores e intérpretes.

A menudo, cuando se habla de recursos en la enseñanza, no sólo de idiomas, sino en la enseñanza en general, se suelen distinguir, de manera lógica, dos tipos: los recursos personales y los recursos materiales.

Los primeros, los personales, ante todo esenciales, hacen referencia fundamentalmente al personal docente que imparte las diferentes asignaturas y guía a los alumnos en su aprendizaje. De estos páginas y páginas se podrían escribir. Sin embargo, ése no es el cometido que pretendo con este artículo, entre otras cosas, porque la opinión o impresión que tenemos de nuestros profesores suele ser muy subjetiva y apreciativa, y para nada intento emitir juicios de valor que además de ser muy personales poca justicia harían a la encomiable labor que muchos docentes desempeñan a diario en las aulas.

Los segundos, los materiales, son mucho más interesantes para lo que aquí pretendemos. Dentro de estos últimos se incluiría una infinidad de elementos que irían desde las herramientas que emplea cualquier estudiante como libros, diccionarios, manuales¦, hasta los recursos y espacios que las Universidades tienen que procurar poner a disposición a sus alumnos.

En un tiempo como el que nos ha tocado vivir, los grandes avances tecnológicos se hacen sentir en todos los ámbitos sociales y profesionales, especialmente en el de la enseñanza de lenguas extranjeras. Gracias a las Nuevas Tecnologías, la formación de traductores y especialmente de intérpretes se ha simplificado mucho. Hoy en día contamos con laboratorios de idiomas informatizados, cabinas de interpretación, aulas virtuales y otros tantos recursos similares.

Las instituciones educativas, en nuestro caso, las Universidades, deben ser conscientes de la enorme utilidad que, para el alumno de lenguas, tienen todos estos equipos e instalaciones; son auténticas minas de oro con las que explotar y pulir las destrezas lingüísticas del alumnado. Por ello, aunque sea muy costoso, hay que realizar un importante esfuerzo económico, no sólo para adquirir los equipos, sino también para mantenerlos y contratar personal técnico especializado que se encargue del buen funcionamiento, las Universidades y las facultades de traducción deberían invertir en ellos, como de hecho la mayoría hace. No obstante, tan importante es invertir en estos recursos como en emplearlos de manera adecuada de modo que todo el alumnado se beneficie por igual de sus ventajas, pues, por desgracia, son muy pocos puestos y ordenadores los que se cuentan por laboratorio y no siempre la organización facilita el acceso a ellos.

Aunque no son recursos propiamente materiales, el tiempo que destinamos a formarnos y el esfuerzo que ello nos supone no son menos importantes. La capacidad de esfuerzo, trabajo y sacrificio que requiere, no sólo la titulación, sino la profesión, no es apta para cardíacos. Es una carrera a tiempo completo, consume casi las veinticuatro horas del día, pues cuando no es una práctica de última hora que debes entregar, es un examen, una exposición, clases y apuntes que preparar, libros que leer, actividades extraescolares a las que asistir etc. Sólo de pensarlo ya resulta agotador. Apenas queda tiempo para comer, dormir y respirar, y con algo de suerte, para salir el sábado por la noche y tomar algo con los amigos, pero eso sí, sin volver muy tarde a casa, porque al día siguiente, aunque sea domingo toca currar.

En el tiempo también deberíamos incluir los años, horas y minutos que dedicamos al aprendizaje de un idioma. Calcular aquí la cuenta sería algo imposible; las cifras serían astronómicas, como también lo serían las cifras si calculáramos el dinero que durante un año invertimos en nuestra enseñanza. Como esto es algo muy personal que depende de las circunstancias personales de cada cual, no voy a proporcionar una cifra concreta, pero os invito a que busquéis una calculadora, os sentéis bien en una silla y comencéis a echar cuentas teniendo en cuenta: el alquiler y la comida (sólo para aquellos que estudien fuera de casa), la matrícula, el transporte, los cursos de idiomas, los cursos y seminarios extras para reunir los preciados créditos de libre configuración, diccionarios, manuales de traducción, gramáticas de todas clases, el curso de verano en el extranjero, el año de erasmus, etc. Mejor no sigáis calculando no vaya a ser que os dé un colapso y se me vaya a culpar de alterar a las masas.

Sin embargo, a pesar de todo lo que nos pueda costar, ya sea dinero, ya sea esfuerzo, lo cierto es que todo esto resulta casi insignificante cuando uno está seguro de que donde está es donde quiere estar y de que lo que hace es lo que quiere hacer.

¡Un saludo!

Inmaculada Prieto

Una cuestión de método

Jueves, Marzo 22nd, 2007

Los métodos empleados en la enseñanza de idiomas han sido muchos y variados a lo largo de los años. Nos encontramos, por ejemplo, con el método de gramática-traducción, muy empleado en la enseñanza y el aprendizaje de lenguas clásicas como el latín o el griego.

Otros métodos como el directo, también conocido como método natural, parten de la idea de que una lengua extranjera puede aprenderse del mismo modo que un niño aprende a hablar, es decir, sumergiendo al alumno en situaciones lingüísticas dentro de contextos reales. Algo se podría decir también del método audiolingüísitico de Skinner que se basa en la repetición de frases de utilidad inmediata que el alumno, movido por un estímulo, aprende a imitar y traducir.
Sin embargo, de todos ellos, uno de los más empleados en la actualidad es el llamado método comunicativo, aquel que sostiene que la principal finalidad del aprendizaje de una lengua, ya sea propia o extranjera, es el aumento de la competencia comunicativa. Se trata, por tanto, de un enfoque que, por encima de todo, pretende desarrollar en el alumno competencias lingüísticas orales y escritas tanto de compresión como de producción.

El empleo de un método u otro depende en gran medida del concepto que se tenga de lengua y del objetivo que se persiga con la enseñanza del idioma. En la actualidad, el hecho de que se entienda la lengua como un fenómeno social que se utiliza para la comunicación hace que sea el método comunicativo el más empleado. No obstante, esta moda de los métodos pasa relativamente pronto, si no pensad en todos aquellos profesores que alguna vez os han dado clases de idiomas y veréis como en varias ocasiones han empleado metodologías diferentes.

Personalmente, no creo que unos métodos sean mejores que otros, quizás sólo sean más acertados que otros en determinados aspectos. Una vez escuché decir a alguien, bastante ducho en esto de la didáctica de las lenguas, que el mejor método es uno ecléctico, que contenga los aspectos positivos de cada enfoque válido.

Podemos decir, por tanto, que existen aspectos que siempre tendrían que incluirse en un enfoque metodológico; y uno de los más importantes, al menos a mi juicio, es la enseñanza de las destrezas orales; las destrezas relativas a hablar y a escuchar la lengua extranjera.
Como futuros traductores e intérpretes necesitamos dominar la lengua en sus registros oral y escrito al mismo nivel.

En las aulas de T&I, las destrezas escritas, es decir, la escritura y la lectura, se practican y trabajan con mucha más frecuencia en detrimento de las destrezas orales. Esto puede deberse al excesivo número de alumnos (en ocasiones hasta 100) que dificulta notablemente la puesta en práctica de actividades de carácter oral; a las malas condiciones acústicas de las aulas; o a que quizás sea más fácil trabajar con otro tipo de actividades como las típicas de rellenar huecos, leer textos para contestar preguntas, traducir párrafos u oraciones de un idioma a otro etc.

No digo que no debieran hacerse, pues son necesarias, pero en ocasiones abarcan toda la clase sin que al alumno se le permita el ejercicio de otra destreza oral que no sea la de escuchar al profesor hablar en la lengua extranjera, lo que es de agradecer a todos aquellos que se esfuerzan en hacerlo.

Tampoco digo que los docentes no se preocupen por ayudarnos a desarrollar nuestra capacidad para hablar y escuchar el inglés, el francés, el alemán¦ sólo digo que la enseñanza que recibimos sobre éste aspecto puede ser insuficiente, bien por la escasez de tiempo, el elevado número de alumnos etc., lo cual se antepone a sus buenas intenciones.

Por esto pienso que es necesario que nosotros, los alumnos, también pongamos de nuestra parte e intentemos escuchar y hablar las lenguas que estudiamos todo lo posible.
Además de las academias, cursos de idiomas en el extranjero y las conocidas becas erasmus y de lectorados, existen múltiples cosas que podemos hacer desde casa con la ayuda de alguna tecnología que otra:
-ver las noticias y programas en canales extranjeros
-sintonizar emisoras de otros países, existen diversos programas de radio a través de Internet que nos dan acceso a casi cualquier emisora del mundo (e.g: screamer radio)
-ver películas y series en versión original, los dvds son un recurso excelente para esto último (recordad que poner los subtítulos en español no sirve de nada)
-apuntarse a programas de intercambio con estudiantes extranjeros; en la Universidad de Córdoba hay uno con alumnos norteamericanos muy interesante
-acercarse a las fiestas erasmus
-hablar con los estudiantes extranjeros que haya en clase en su idioma

-ir al cine para ver películas en versión original

Si no encontráis nada de esto, siempre os podéis acercar al casco antiguo de vuestra ciudad y buscar algún guiri despistadillo con el que entablar conversación.

Un saludo y hasta otra,

El motivo por el que estudiar la “schwa”

Miércoles, Marzo 7th, 2007

Hace algunos días me encontraba en clase de lingüística. Como siempre, pendiente del lento transcurrir del tiempo y prestando más atención a mi pobre mano dolida, por las dos largas e incesantes horas de escritura a la que se ve sometida, cuando, de repente, esa voz que, dos veces por semana nos habla con tanta pasión y ahínco de Chomsky, Saussure, Coseriu y otros muchos, entonó un discurso diferente que sin duda llamó mi atención.

Aún no sé muy bien si fue un momento de lucidez mío, al haber despertado de mi letargo, o del profesor, que sin saberlo me estaba proporcionando el tema de mi siguiente artículo. El caso es que escuché decir a ese señor que una de las cualidades esenciales que ha de poseer un buen traductor es el conocimiento de la organización y del funcionamiento de la lengua que traduce, es decir, lo que estudiamos como lenguas B, C y D. Comentaba igualmente como éste, tarde o temprano, requiere de un marco teórico que sustente sus decisiones y le ayude a hacer frente a todos aquellos obstáculos, de origen lingüístico, que se interpongan en su camino.

Fue entonces, ante tan obvia y cierta afirmación, cuando los engranajes de mi cerebro parecieron despertar definitivamente y comenzaron a encadenar y relacionar una serie de pensamientos.

Me trasladé, a las clases de las lenguas B y C y por fin todo pareció cobrar sentido. Había un motivo por el que estudiar los fonemas fricativos en inglés, las definiciones de root y base y la sintaxis de las cláusulas inglesas entre otras muchas cosas.

Esta pequeña anécdota, en parte ficticia, no es más que un pretexto que bien muestra los contenidos que se estudian y trabajan en las lenguas B y en ocasiones, aunque en muy pocas en las lenguas C.

En ocasiones he escuchado a muchos de mis compañeros preguntarse quejosamente por qué y sobre todo para qué necesitan saber qué es un objeto directo, saber discriminarlo en las oraciones de otros complementos, conocer los procesos de formación de palabras etc. En definitiva, se quejan y lamentan de tener que estudiar la fonología, la semántica y la sintaxis entre otras cosas de la que es su lengua B. Quizás porque no entienden su utilidad o quizás porque no es lo que esperaban estudiar.
Sin embargo, parece ser que todo ello tiene una utilidad bastante importante; necesitamos conocer cómo funcionan el inglés, el francés, el alemán¦ en sus diversos planos lingüísticos, pues sólo el significado de las palabras o el mayor o menor dominio de la lengua a nivel comunicativo no es suficiente.

Ahora bien, este estudio de la lengua requiere de una base mínima que permita al estudiante, no sólo desenvolverse en los registros orales y escritos, sino también pasar a un nivel superior en su estudio. Unos conocimientos que, como he podido constatar en la mayor parte de las universidades españolas que siguen esta misma línea, no se proporciona en la titulación, ni siquiera en aquellas en las que la enseñanza de la lengua B se distribuye en dos cursos académicos.

Una realidad muy distinta es la que encontramos en las lenguas C. Por lo general, la enseñanza de los idiomas que se imparten como segundas lenguas extranjeras parte desde cero, pues no se espera que el alumnado posea conocimientos de lenguas tan poco comunes como el árabe o el italiano por ejemplo. De esta forma se sientan las bases que después van a permitir un estudio más avanzado de la lengua. Algunas universidades plantean los programas de este modo. No obstante, en muchas otras, esto no es así. Se destina únicamente el primer año al estudio básico de la lengua, obviando por completo el funcionamiento interno de la misma.

No parece ser que ninguno de estos dos planteamientos sea erróneo, aunque tampoco que sean del todo acertados si uno se emplea en la enseñanza de la lengua B y otro en la enseñanza de la lengua C. Necesitamos ser competentes y eficientes en la traducción de ambas lenguas y para ello ambos niveles de estudio deberían tratarse, salvando, en aquellos casos y momentos en los que sean pertinentes, las distancias en los niveles que se puedan exigir en cada idioma.

Inmaculada Prieto

Los idiomas en T&I: Enseñanza – Aprendizaje

Miércoles, Febrero 21st, 2007

En Traducción e Interpretación los idiomas dejan de ser una asignatura más que aprobar y se convierten en auténticas herramientas de trabajo, en metas que hay que alcanzar. Como alumna de la licenciatura, me pregunto muy a menudo a cuántos de vosotros, alumnos de la titulación, de otras carreras y en general estudiantes de lenguas, se os ha ocurrido alguna vez pensar acerca del proceso de enseñanza y aprendizaje de una lengua extranjera; de lo que supone, de lo que es o de lo que debería ser o no ser, de lo que en él necesitáis y de lo que en él se os da, de su calidad y, muy especialmente, de su trascendental importancia en un futuro como es, por ejemplo, el de los traductores e intérpretes.

Muchos de vosotros estaréis de acuerdo conmigo en señalar que la enseñanza y el aprendizaje de una lengua extranjera suponen un proceso largo y lento que, aunque gratificante, requieren una importante inversión de esfuerzo y sacrificio. Un proceso en el que una serie de elementos y de variables interactúan complicando y dificultando no sólo su adquisición, sino también su transmisión.

De igual modo, la mayoría pensará, que en Traducción e Interpretación la enseñanza y el aprendizaje de segundas lenguas juegan un papel esencial. Constituyen el principio que nos va a permitir llegar al final de un trayecto cuya última parada es la de traducir e interpretar.

Ante esto, y muy relacionado con lo que se comentaba al principio de este artículo, surgen un número ilimitado de cuestiones que nos llevan a reflexionar sobre el tipo y la calidad de educación que diariamente recibimos en nuestras respectivas facultades de traducción en lo que a idiomas atañe. Se me ocurren algunas tales como: qué tiempo se ha de dedicar a la enseñanza de las lenguas B y C, qué contenidos deben ser tratados, qué recursos se precisan, qué niveles y requisitos se exigen al alumnado de nuevo ingreso etc.

En ningún momento pretendo dar respuesta a estas y otras muchas reflexiones que a mí o a cualquiera de vosotros nos puedan asaltar, pues para bien o para mal no las poseo. Mi única intención, en este artículo y en los venideros, es aportar datos e impresiones que, como alumna de la titulación, obtengo de mi propia experiencia e interés.
En la mayoría de los casos se realizarán comparativas entre los planes de estudios de las diversas facultades de Traducción e Interpretación del país, y en otros incluso se intentará relacionar y contrastar la carrera con titulaciones iguales o semejantes en Europa.

Para no dejaros con la miel en los labios me gustaría, antes de concluir, entrar un poco en materia y pediros que os detengáis un momento y reflexionéis sobre el tiempo que estipuláis necesario para adquirir y dominar una lengua que no sólo no es vuestra lengua materna, sino que además no es la hablada por los individuos de vuestra comunidad; es una lengua extranjera que, o bien adquirís en un contexto académico, o bien en el país del cual la lengua es originaria. Para ello, pensad en la cantidad de años que habéis dedicado al estudio de una segunda lengua, y el tiempo que le vais a dedicar en la titulación.

La mayoría de los planes de estudio de las universidades españolas dedican un mínimo de dos años al estudio de las lenguas B y C. Por lo general, 24 créditos divididos en niveles que habrá que ir superando para poder acceder a los inmediatamente superiores.
En otras universidades, como es el caso de la Universidad de Córdoba, donde la titulación nació hace poco menos de dos años, sólo se destina un año, el primero, a la enseñanza de las lenguas B y C como asignaturas anuales de 12 créditos.

Aunque es cierto que la titulación da por sentado que los alumnos que acceden a ella deben poseer un conocimiento mínimo de la lengua B al menos, mi pregunta es: ¿a nadie se le ha ocurrido pensar que quizás el tiempo destinado no sea el suficiente? Y lo pregunto pensando muy especialmente en aquellas titulaciones que le dan a los idiomas una importancia valorada en sólo doce créditos. En fin, quizás sea porque al fin y al cabo aprender el idioma es solo una responsabilidad nuestra, de los alumnos, que tendremos que buscarnos las habichuelas para llegar a ser competentes en aquello que, en un futuro no muy lejano, será nuestra profesión.

Sobre esto se podría reflexionar y hablar largo y tendido, por ello, prefiero dejarlo ahora en vuestras manos. Por ahora, yo me despido y os veo en dos semanas.

Inmaculada Prieto